Vonnegut
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  Kurt Vonnegut Jr.
Fragmentos
Matadero cinco
Dios le bendiga Mr. Rosewater
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"...El cañón hizo un sonido desgarrado, como si se hubiera abierto la cremallera de la bragueta del Dios Todopoderoso, y barrió la nieve llevándose por delante la vegetación..."

"-Otra vez te he salvado la vida, necio bastardo. - Dijo Weary a Billy, en el hoyo.
Había estado salvándole la vida continuamente. Con el muchacho era absolutamente necesario echar mano de la crueldad, pues él no hubiera dado un solo paso para salvarse. En efecto, Billy quería abandonar. Hacía frío, hambre, aturdimiento y era incompetente. Para él, en aquellos momentos apenas existían diferencias entre estar dormido o estar despierto; ya no distinguía entre andar o quedarse quieto.
Deseaba que todo el mundo le dejara solo. «Muchachos, continuad sin mí», repetía una y otra vez.

La guerra era una cosa tan nueva para Billy como para Weary. Porque también éste era un sustituto. formaba parte de una batería de artilleros, pero solamente había ayudado a disparar un proyectil, en un cañón antitanque de 57 milímetros. El cañón hizo un sonido desgarrado, como si se hubiera abierto la cremallera de la bragueta del Dios Todopoderoso, y barrió la nieve llevándose por delante la vegetación. El disparo, dio en el blanco, pero la huella dejada en el suelo mostró con toda exactitud a los alemanes el camuflado escondrijo del arma. El tanque «Tigre» a quien iba destinado el cañonazo giró lentamente su hocico de 88 milímetros, vio el rastro en el suelo y disparó. Murieron todos los de la batería menos Weary. Así fue.

"Matadero cinco"

-Eliot...
-¿Señor?
-Hemos llegado al momento más irónico de la historia, en que el senador Rosewater de Indiana ha de preguntar a su hijo: ¿Eres, o has sido alguna vez comunista?
- Bueno, he tenido lo que probablemente muchas personas llamarían ideas comunistas - confesó Eliot
sin disimulo alguno-. Pero, por amor de Dios, papá, nadie puede trabajar con los pobres y no inclinarse hacia Karl Marx de vez en cuando... o hacia la Biblia, bien mirado. Creo que es terrible el egoísmo de la gente en este país, y su negativa a compartir lo que poseen. Considero cruel al Gobierno que permite que nazca un niño tan supermillonario como yo, y que otro, nazca sin poseer nada, Me parece que lo menos que podía hacer el Gobierno es dividir las cosas equitativamente entre los niños. La vida ya es bastante dura para que la gente tenga además que preocuparse tantísimo por el dinero. Si lo compartiéramos mejor, en este país habría para todo el mundo.
-¿Serviría eso de algo?
-¿Sabes lo que sería no tener miedo de carecer de alimento, de no poder pagar al médico, de no poder darle a la familia cosas bonitas, un lugar alegre, seguro y cómodo para vivir, una educación decente y algunas diversiones? ¿Sabes lo que es avergonzarse de no saber dónde está el Río de Oro?
-¿El qué?
-El Río de Oro, donde fluye el dinero de la nación. Nosotros nacimos en sus mismas orillas, como la mayor parte de las personas mediocres entre las que crecí, con las que asistido a escuelas particulares, con las que navegué y jugué al tenis. Nosotros podemos sacar oro de ese poderoso río hasta sentirnos felices. E incluso podemos tomar lecciones de buceo, para poder pescar con mayor eficiencia.
-¿Lecciones de buceo?
-¡Sí! ¡De los abogados! ¡De los técnicos en impuestos! ¡De los aduaneros ¡Nacimos tan cerca del río, que nosotros y nuestras diez sucesivas generaciones podremos nadar en la abundancia, sin más que utilizar cazos y cubos! Pero seguimos alquilando expertos que nos ayuden y nos enseñen el uso de acueductos, tanques, sifones, brigadas de cubos y la palanca de Arquímedes. Y nuestros profesores se enriquecen a su vez, y son entonces sus hijos los que aprenden a bucear.
-Nunca pensé que le quitara nada a nadie.
Eliot hablaba ahora cruelrnente, pues sólo se preocupaba de teorizar: -¡Es que nacimos así! Por eso no podemos comprender que las gentes hablen de los privilegiados, por eso no entendemos a los que nos hablan del Río de Oro. Cuando oigo que alguien niega que exista el Rio de Oro, pienso para mí: «¡Señor! ¡Pero eso es imentira, y una mentira de muy mal gusto!»

"Dios le bendiga, Mr. Rosewater"

 

 

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