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Veo como os adentráis en la vida, desesperanzando la llegada de los padres. Avanzad, soldados cristianos. La lejanía os espera, pero no cumple. Presas del mar, os reclamo con vehemencia. Es la piedra, sisifos míos. Es la piedra de barro, allí en las profundidades de las catedrales sumergidas. Los vientos del esquivo noroeste descaman vuestros abrigos. ¿Oís? ¿Oís acaso la música de los leñadores, la letanía de las vírgenes? ¡Cuántas bellezas arcanas perdidas! Buscad la madreselva, la vida que se os escurre a cada aliento. Mas allá del horizonte helado palpitan las glaciaciones innumerables. Y las naves no llegan. No llegarán jamás. ¡Qué cruel la sospecha de haber sido mágicos! ¡Qué amarga sapiencia de un pasado de gloria remota, apresurada a este deambular entre arenas! Hombres, caminaís bajo la risa cósmica de los equinoccios perdidos. Huérfanos de constelaciones y de esperanza os hundiréis nuevamente en el barro. ¡A morir, buenas gentes! ¡A morir presas del plancton voraz de las décadas! Lloremos guitarras, mis amigos. Es la hora de añorar la gloria de las lunas conquistadas por los imperios primordiales. Caminad, caminad bajo las estrellas, caminad hacia el río que se levanta y os lleva. Así, bañados en luna os iréis por las cuestas de plata. Se irán la música y el vino. Se irán, en fin, quienes nunca han venido. Fabian Casas. Abril de 1997 |
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