Todas las noches pasa un tren por la vía cercana. Es un carguero.
A las cinco de la madrugada derriba la noche con su estruendo bíblico. Entonces
te cercena el sueño y alcanzás a oír el desgajarse del planeta, la explosión
definitiva del núcleo terrestre y la fuga de la atmósfera hacia el espacio
interplanetario.
La certeza del choque te estira el pecho hasta filetear el miedo y tu garganta
se puebla del cristal astillado de las catedrales.
El asteroide choca con la Tierra, besa obscenamente el mar y eyacula una ola
gigante que arrasa el mundo. La lluvia meteórica despedaza las cortinas y la
persiana.
Alcanzás a despedirte de tu familia. El tiempo se fuma un grito de
rebeldía.
Miedo y odio absolutos.
Un segundo de nada. Luego te descubrís ileso. Todo fue un mal sueño.
El tren se aleja y la casa permanece en pie. Pero el miedo se queda enrollado en
tus muñecas.
Vos querrías calmarte, tal vez volver a dormirte.
Pero no; este nuevo día ha comenzado, y ya lo estás debiendo. |